martes, 24 de febrero de 2009



Nació en Pátzcuaro, Michoacán el 4 de mayo de 1861, sus padres, don Juan Carrillo Zarco y Doña Librada Cárdenas Ramírez, cristianos de firmes convicciones, llevaron a bautizar a su primogénito al día siguiente de su nacimiento en la parroquia – santuario de Nuestra Señora de la Salud en la misma ciudad.
Sus padres tuvieron que trasladarse a: Calderón, Guanajuato, Puruándiro, Michoacán y regresaron nuevamente a Pátzcuaro. Allí inició sus primeros estudios.
Sintiendo la vocación al sacerdocio ingresó al seminario y cursó el primer año de latín (1871).
En agosto de 1872 su familia se fue a vivir en Guadalajara; Silviano continuó sus estudios en el Seminario Diocesano.
El joven seminarista Carrillo se distinguió por su dedicación al estudio, su humildad, su gran piedad, su trabajo amable. Perdió a sus padres antes de ver coronado su anhelo de ser sacerdote.El día 26 de diciembre de 1884, fue ordenado sacerdote por el Excmo. Señor D. Pedro Loza y Pardavé, Arzobispo de Guadalajara, en la capilla del palacio arzobispal.
Ejerció su ministerio en Guadalajara por breve tiempo, en el templo de la Soledad y en la Parroquia de Jesús.
En agosto de 1885 fue destinado como ministro a Cocula, Jalisco, y allí con todo el entusiasmo de su juventud, se entregó a la catequesis de los niños y los adultos y a formar a los fieles en el ejercicio de la caridad por medio de las conferencias de San Vicente de Paul. Construyó un templo a San Pedro, acondicionó el edificio destinado a hospital y mejoró la Casa de los Ejercicios.
El 16 de julio de 1895 fue nombrado párroco de Ciudad Guzmán (Zapotlán el Grande, Jalisco) y con un corazón de padre y pastor se entregó de lleno al bien de su parroquia.
Fue un hermano generoso y abierto a sus compañeros sacerdotes y un guía y protector para los estudiantes del seminario auxiliar de Zapotlán. Promovió entre los indígenas la vocación sacerdotal y varios de esos jóvenes llegaron al sacerdocio.
Sembrador de la paz y la justicia, defendió a los obreros, indígenas y campesinos para quienes organizó sociedades mutualistas, escuelas y talleres de artes y oficios donde aprendían : zapatería, herrería, platería y fundición de metales, carpintería y relojería. Trabajó sin descanso por unir a las clases sociales y hacer de su feligresia una verdadera comunidad cristiana.
Los niños fueron la porción predilecta de su parroquia y para ellos fundó y sostuvo escuelas, esforzándose porque fueran ante todo, centros de evangelización y respondieran al las necesidades culturales de la época. Las dotó de los mejores maestros, edificios, métodos y material escolar. Él mismo se constituyó en maestro de religión y en forma práctica, les educaba en la caridad hacia el prójimo.

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